ANTONIO TARRAGO ROS, es retoño de un viejo y digno
árbol correntino, que no sólo cobijó su débil
tiempo de crecimiento, sino que lo nutrió con su savia para que
fuera de la misma madera y proyectara, aunque pequeño árbol,
su propia, orgullosa y generosa sombra.
Este es el caso de mi amigo ANTONIO TARRAGO ROS, un hombre de raíz
auténtica, que enriqueció lo que había heredado
con las vivencias de un nuevo tiempo, sin que peligre, en ningún
pasaje de su creación , la personalidad de nuestra música
lugareña.
De ahí mi alegría y admiración cuando escucho a
este joven intérprete; cuando lo veo doblarse sobre su “cordeona
verdulera”, como rogándole algún sonido más
de los que puede dar, para pintar mejor todos los paisajes que el hombre
y la geografía le alcanzan a su sensibilidad para convertirlos
en música.
Por eso cuando abre ese abanico de sonidos, surgen los colores del canto
de nuestros pájaros, del rumor del agua, del silbar de los troperos,
del golpe de las hachas y hasta el estridente sapucay del paisano enancado
a una alegría. Todo esto y mucho más es capaz de mostrarnos
Antonio a través de ese instrumento al que abraza como a las
cosas que se aman profundamente.
Y cuando sus dedos dejan de correr nerviosos por la botonera de su “cordeona”,
silenciando los pájaros que guarda adentro, no lo hace para privarnos
de su personal estilo de interpretar, sino para alargar su mano en un
habitual gesto de amistad, diciendo invariablemente: ¿¡Qué
tal, chamigo¡?
LUIS LANDRISCINA